Mostrando entradas con la etiqueta reflexión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reflexión. Mostrar todas las entradas

viernes, 16 de septiembre de 2011

¿Por qué será que al mirar tus ojos veo realmente cómo eres?



¿Por qué será que al mirar tus ojos veo realmente cómo eres?

Que no puedes disimular detrás de esa sonrisa tanto dolor. Que tus alegres palabras esconden una triste melodía. Que actúas con toda normalidad como si no sucediera nada en tu vida. Aguantando a escondidas de los demás que estás con tu último aliento, y desfalleces por segundos, permaneciendo sereno y erguido ante el pasmoso incendio que te rodea. Que cuando nadie te mira, en el silencio de tu celda, lloras sin querer reconocer la verdad. Que en mitad de tu sombría casa llena de recuerdos, éstos no son más que pesados yunques que te arrastran a las frías y profundas aguas del ayer.

Has cruzado a otra orilla a través de un puente formado por pequeñas piedras. Esos son tus muchos amigos. Pero no te engañes, aunque los demás sólo vean tus dorada risa y hayas podido salir corriendo, a ése puente le falta una piedrecita angular. Tu y yo lo sabemos. Pero tranquilo, se guardar un secreto hasta la tumba. Seguiré actuando con normalidad en este teatro de la vida. Y seguiré aplaudiendo tus logros.

Que hablas con toda la seguridad del mundo, pero que realmente eres un niñito escondido detrás de la estatua de Afrodita. Que aunque señalas en el atardecer el camino futuro que te espera con los brazos abiertos, miras a hurtadillas tus huellas dejadas atrás, y tu mirada busca con desesperación en el horizonte pasado y lejano, a ésa persona que jamás volverá.

Que después de tantas vueltas que da la vida como una peonza, te he encontrado y sigues siendo el mismo. Que todos adoran tu hermosa máscara de carnaval, tras la cual te ocultas. Pero tus ojos no los puedes esconder.

Porque al mirarlos sigo viendo cómo eres en realidad.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Reencuentros en la tercera fase.


En algún momento de nuestras vidas, huimos. Qué difícil es romper con el pasado. De él nunca se puede huir. Tarde o temprano te alcanza. Y hoy, me ha alcanzado a mí.

Hace  tiempo, decidí que tenía que romper la relación que mantenía con una persona. Un gran amigo de los que dejan huella. De esos a los cuales se les puede llamar a las cuatro de la madrugada. Vivimos experiencias que nos unieron aún más. Y aquello que parecía que iba a durar para siempre, un buen día, decidí acabarlo. ¿Motivos? Te podría dar mil, pero seguiría mintiéndome a mi mismo. Salté de un tren en marcha. Realmente no tuve que hacer mucho. Una corta y sincera carta bastó. Luego el silencio y el tiempo hicieron el resto. Y los días se convirtieron en meses, y los meses en años, y los años en una vida entera.

Y aunque sabía que nunca podría borrar la huella de esa amistad, tenía la esperanza de que el sabio tiempo apaciguaría mi corazón. Que la vida daría tantas vueltas que ya nada recordaría de todo eso. Fútil y necia idea. Tarde o temprano llegan a ti, las ondas de agua, de la piedra que lanzaste muy lejos hacia las profundidades del lago del olvido.

Si hubierais visto mi cara... Una sorpresa combinada con curiosidad, trajo de vuelta a esa persona. Y vi lo que había perdido. Tras una larga reflexión, recordé los pequeños detalles que nos unían. ¿Para qué seguir ocultándolo? Fue un buen amigo al que abandoné cuando más me necesitaba. Una amistad destrozada por una muda y dulce puñalada. Ahora, ante mí, le contemplo de nuevo, y solo abriga mi corazón, una extraña melancolía mezclada con añoranza.

Ya es tarde, un exilio demasiado largo.
Después de tantos años nos reencontramos.
Pero lo tengo ante mi. La evidencia es enorme.
Su nombre, unas fechas y una escueta frase...
Reconozco su pequeña foto en la fría lápida de éste cementerio,
perdido en mitad de la nada.

Mano del desierto.
(Escultor Mario Irarrázabal - Antofagasta, Chile)